La relación con esta cursa es la de un amor platónico, le tengo tanta estima que no puedo hablar mal de ella, a pesar de un tempranero despertar, de la incomodidad de llegar a la meta (luego no es tanto), de la dureza del recorrido (hay reside creo que su mayor encanto), y de una caótica vuelta sino estas organizado. Pero sea lo que sea mucho antes del 1 de noviembre ya suenan en mi corazoncito los latidos de la ansiedad por enfrentarme al lado de 800 valientes más ese reto tan idílico de cruzar la ciudad y subir hasta el cielo. 16200 metros el 95 por ciento de subida sin animo de lucro, únicamente con las ganas de saber que te acercas al final.
El espíritu competitivo se deja a un lado y como los organizadores de la prueba el espíritu deportivo inunda cada metro de la carrera. Un recorrido exigente pero de una belleza insultante.
Ya paso y fue grande muy grande. Ahora tenemos que esperar una año, otros retos llegaran mientras tanto el gusanillo puede descansar.
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